¿adónde fue el vencejo, con su palabra clara? ¿y adónde la ensenada, con su savia sagrada? aquí, ya solo el vaivén de un licor añejo, que, otrora dirigido por el faro y su tiempo, ahora está desacompasado del viento, sin ti. aquí, solo el rumor de un bebedizo infecto, una pueril sonatina sobre últimos encuentros, que, como pupilo irredento, desafina. veo tu cuerpo, en lucha, en una danza a muerte con el tiempo presente, y a mí me olvida, pero, entonces, el mar bosteza para recordarme que ella, ella es que es de agua, y yo soy sauce, siempre, siempre. sé que con la aurora llegará el deber, y habré de partir, y tripularé mi velero hecho de violeta y lirio, y avanzaré a golpe de beso y verso tibio, y volveré a sumirme en un eterno abril. pero todavía queda una noche de nuestro estío, así que correteamos por los somnolientos riscos, y, bajo la luz derramada en cada susurro tuyo, nos busco, y nos busco, y nos busco... y solo me encuentro a mí. a mí no me venció el mármol rosado d...
linces de discurso, jibias de interioridad

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