¿adónde fue el vencejo, con su palabra clara?
¿y adónde la ensenada, con su savia sagrada?
aquí, ya solo el vaivén de un licor añejo, que,
otrora dirigido por el faro y su tiempo,
ahora está desacompasado del viento, sin ti.
aquí, solo el rumor de un bebedizo infecto,
una pueril sonatina sobre últimos encuentros, que,
como pupilo irredento, desafina.
veo tu cuerpo, en lucha, en una danza a muerte
con el tiempo presente, y a mí me olvida, pero,
entonces, el mar bosteza para recordarme que ella,
ella es que es de agua, y yo soy sauce, siempre, siempre.
sé que con la aurora llegará el deber, y habré de partir,
y tripularé mi velero hecho de violeta y lirio,
y avanzaré a golpe de beso y verso tibio,
y volveré a sumirme en un eterno abril.
pero todavía queda una noche de nuestro estío,
así que correteamos por los somnolientos riscos,
y, bajo la luz derramada en cada susurro tuyo,
nos busco, y nos busco, y nos busco... y solo me encuentro a mí.
a mí no me venció el mármol rosado de la alborada,
así que saboreé cada gesto aletargado, cada suspiro almidonado,
y la cubrí con todos aquellos futuros imaginados, porque quería
dejarlos allí, con ella, en la orilla, mientras dormía.
allí, dije adiós a la patria chica, y a su palabra dada,
al cisne azul, y, sí, a su jardín secreto, pero también
allí, en la orilla, mientras ella dormía, no existía el mal.
fue mi harmonía última con la mujer del mar.
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