La tensión del anhelante consiste en elegir entre remar o por el Río dejarse ir, fundirse en temible lamento impasible. Sumergido, es atravesado por el volver de los siglos, por corrientes caprichosas donde siempre viajan las mismas preguntas. Navegando, es dominado por los númenes y sus tramas, por susurros insidiosos de los fuegos fatuos que moran en el musgo, la espuma, las ramas. En su tribular y tripular, oye al Río reír: "¿Adónde, dulce niño? ¿Dónde quieres ir?" Pero el anhelante solo sabe amar, y se pierde en la voluptuosidad del agua, caricia infinita; en la novedad de las criaturas que lo acompañan en su travesía; en el empeño de la luz por encontrar colores nuevos; en la alegría de los frutos salvajes; en ser un remar, un nadar, un despertar. Belleza invencible, el olvidar que cuando desea ser agua es madera, y, cuando quería ser madera, no lo era. Y el Río, aun cansado, a veces logra inquirir: "¿Adónde, dulce niño? ¿Dónde quieres ir?" Una mañana, junt...
linces de discurso, jibias de interioridad