Un día cualquiera, a una hora cualquiera, los númenes se aburrían, así que idearon al hombre minúsculo, que nació poco después, en una ciudad cualquiera, en una habitación cualquiera. A primera vista, este excepcional espécimen no se diferenciaba en nada de sus congéneres. De hecho, muchos dirían que tenía una apariencia decepcionantemente normal. Sin embargo, él era minúsculo, y, desde el mismo momento en que tuvo consciencia de sí mismo, lo supo. Para el hombre minúsculo, todo era demasiado. De pequeño, nunca podía terminarse el entrecot. “¡Con lo caro que es!”, se lamentaba su madre. Pero el hombre minúsculo no podía explicarlo, y mucho menos remediarlo: el entrecot era enorme, ¿cómo iba a digerir una cosa semejante? El colegio le resultaba una inmensidad inabarcable, repleto de códigos secretos y comportamientos misteriosos. “¿Y tu huevo de mamut?”, “o nosotros o ellos”, “¿no te acuerdas? Adiós”. El hombre minúsculo se perdía en el detalle, se distraía con cosas inútiles, dificultándose a sí mismo el participar satisfactoriamente en las dinámicas del mundo al que había sido arrojado sin preparación alguna. En efecto, nunca se sentía preparado para nada. Un día, siendo ya todo un puberto, alzó la voz y desafió a los númenes: “¡malditos seáis por haberme hecho así de minúsculo!”. Y los númenes, divertidos, contestaron: “¿Ah, sí? ¿Así nos hablas, estúpido humano, a nosotros que, en nuestra proba generosidad, te otorgamos este don, el que ahora mismo te permite escucharnos? Pues bien, tu desagradecimiento y osadía serán castigados”, y, dicho esto, se retiraron. El hombre minúsculo, aterrado, pasó toda la noche tratando de volver a oír aquella melodiosa y tenebrosa voz, pero no lo consiguió. El castigo fue la vergüenza: el hombre minúsculo fue condenado a avergonzarse de su minusculidad. Los númenes, aunque no respondieran ante la angustia del adolescente, en realidad no se habían ido a ninguna parte: seguían ahí, deseosos de ver el desarrollo de la trama de aquella criatura. Algunos sintieron un pequeño remordimiento. “¿Ponemos fecha límite para el castigo? Alguna vez lo hemos hecho”, “no sé, ya vamos viendo”. A pesar de todo, el hombre minúsculo se las ingeniaba para regular y camuflar su minusculidad. En el instituto, logró convertirse en buen estudiante y hacer un par de amigos, de los que sospechaba la condición de minusculidad, o algo parecido, pero nunca hablaron sobre ello. Durante aquellos años, la vida se aceleró. De repente, estaba en la universidad, estudiando cosas relacionadas con los dichosos númenes y sus fechorías. De pronto, ya estaba trabajando en una editorial, donde, sorpresivamente, se editan muchos libros dedicados a los malhechores de los númenes. “Esto es compromiso”, pensaron los númenes, y decidieron ir reduciendo las dosis de vergüenza que le suministraban al hombre minúsculo mientras dormía. Anoche, el hombre minúsculo estaba traduciendo un poema, y, cuando, en un momento dado, se estaba debatiendo entre un término u otro, escuchó: “el primero, el primero”. El joven Arturo se levantó de la silla de un brinco. Recorrió su estudio de cuarenta metros cuadrados de arriba abajo, “¡no me han olvidado!”, exclamó. Se dirigió a la ventana y la abrió con determinación. “¡Hermes! ¡Hermes! ¿Me han perdonado?”
Hoy, el hombre minúsculo está desaparecido.
Comentarios
Publicar un comentario