Lo primero que Dios creó fue el viaje
To Vlemma tou Odyssea. 1995. Coproducción greco-franco-italiana. Dirigida por Theo Angelopoulos. Con Harvey Keitel, Maïa Morgenstern, Erland Josephson, Thanassis Vengos, Yorgos Michalakopoulos, Dora Volanki. 35 mm. 176 min.
Saqué el DVD de La mirada de Ulises en préstamo allá por noviembre de 2022. Prácticamente, acababa de mudarme a Madrid; recién comenzaba la carrera de Filosofía, y a frecuentar el Doré y la filmoteca de Educación. Anteriormente, también en el primer cuatri, cuando ya refrescaba, había ido a ver Nostalgia al Doré, y nada más salir había escrito a Carlo, entusiasmado, y elle: “mirate la mirada de ulises”.
Aquel miércoles, en clase de Antigua le pedí a José María más tiempo para la reseña del Gorgias. “Claro, ¿para cuándo era?”, “para ayer o antes de ayer”, “ah, bueno”, y entre risas dijo algo así como “estos filósofos siempre necesitan más tiempo”, y nos contó que a un doctorando suyo le había concedido todo un año de “prórroga” … En aquella clase hablamos de De anima, y en algún momento alguien hizo alusión a Homero, no sé si a propósito o sin querer. “Valores homéricos, David Konstan, vergüenza, la reseña del Gorgias… no, todavía no…Ulises…”. Yo volvía a tener dos semanas para escribir, con el puente de diciembre por delante, así que decidí que esa tarde no escribiría nada. Salimos de clase, fui a por el DVD, y después corriendo a la residencia.
Aquellas tardes todavía eran aburridas. Solo hacía deberes, leía un poco, escribía tres o cuatro tonterías, merodeaba… Recuerdo añorar mucho (muchísimo) a mis amigos valenciano-alicantinos, y a mi novia. Ay, y la terreta... Poco tiempo antes, a mediados de noviembre, había terminado los parciales de matemáticas; aquellos fueron los primeros exámenes de “mi carrera en solitario”, como la llama Mer, y había sido muy duro estudiar, lloriquear y celebrar sin ellos; y sin ella. Quizás por todo ello, entre otras cosas, durante aquellos meses yo buscaba con ahínco un cine que me acogiera, que me confrontara con un lugar al que ir.
Lima, Ibiza, Alicante, Valencia… Dispersa. En esta habitación, en esta residencia, descubro lo que es añorar una tierra abstracta, amorfa, “heteróclita”. Qué difícil es añorar esa tierra que uno nunca tuvo como realmente suya; a pesar de ello, pesa tanto… Qué extraño y vergonzoso, desear estar añorando “realmente” un lugar y no, quizá, una sensación, volátil; la gravedad de este sentimiento de pérdida resulta inexplicable… pero la conozco bien. “¿Hasta cuándo?”. Creo que es ya una pregunta pasada de moda.
Aquella noche, me dispuse a ver de qué iba ese director griego art-house-slow-cinema-etc que me habían vendido como “muy profundo” y “parecido a Tarkovsky” (yo desconfiaba). Empezamos mal: el filme se abre con la dichosa, celebérrima, exhausta cita de Alcibíades I (133b): Y el alma, si debe conocerse a sí misma, tiene que observar el alma. Yo entonces todavía me creía a mí mismo en la academia de policía de la hermenéutica, de la vanidad y, si me apuran, de la diversión. Me demoraba muy poco en detectar usos “impíos” de la filosofía, profanaciones de esa lente, en el sentido de filtro, que permite una aproximación singular a la experiencia y a la escritura y que, por motivos más o menos honestos, yo guardaba en especial fervor. “Es un alma, no el alma”, pensé. En fin. Con los años, me fui relajando; hice grandes amigos, y fuimos asaltados por textos y movidos a entramar un nido, un nicho, en el que descansar del monstruo de muchas cabezas, como la llama Schopi. Supongo que La mirada de Ulises es uno de esos textos que, a pesar de mis prejuicios iniciales, terminé incorporando (radicalmente) durante el periplo que para mí ha sido la carrera, y por eso le tengo cariño.
Las circunstancias quisieron que el verano pasado yo estuviera muy pegado a los presocráticos y a las visualidades, así que no había forma en que esta revisita a La mirada de Ulises fuera a dejarme indiferente. En última instancia, la trama que despliega la peli parte de un gesto eminentemente filosófico: volver(se) a mirar. En este caso, se trata de una necesidad suscitada por un momento de crisis o, utilizando un léxico al que soy más afín, un momento del pólemos. Lo interesante de esta trama es que mirar, según la mirada heredada que se tenía, ya no es suficiente, y, como se ha hecho otras tantas veces, nos embarcamos en la búsqueda de cierta mirada perdida capaz de traernos la harmonía.
Navegamos la narración de la mano de un cineasta sin nombre, A. (¿será, como ocurre en Kafka, un trasunto del propio Angelopoulos? ¿O A. de artista? ¿De Aquiles? No precisamos saberlo…), partiendo de su llegada a Florina desde Estados Unidos, adonde había emigrado treinta y cinco años atrás. Conflictuado a nivel artístico, personal y (por tanto) político, emprende un viaje para recuperar tres rollos de película desaparecidos, rodados a principios del siglo XX por los hermanos Manaki. Esta pesquisa, supuestamente encargada al cineasta por la filmoteca de Atenas, es, sin embargo, un mero pretexto: el viaje, que comienza en Florina y atravesará una región balcánica en guerra para acabar en Sarajevo, es, ante todo, un viaje personal. Y es que A. anhela dar con esos rollos de película porque otorga sumo valor a la mirada de los hermanos Manaki, una mirada capaz de capturar prístinamente la vida de los balcanes, una mirada que bien podría ser la primera:
Hace dos años, en pleno verano, buscaba localizaciones en Delos para una película con un sol blanco cegador sobre las ruinas. Vagaba entre el mármol roto y las columnas caídas. Una lagartija asustada se escondió bajo una lápida. Cigarras invisibles zumbaban, añadiendo una nota de desolación al paisaje vacío. Y entonces, oí un crujido, un sonido hueco, como si viniera de las profundidades de la tierra. Miré hacia la colina y vi un viejo olivo desplomándose lentamente. Un olivo en una colina, cayendo lentamente hacia su muerte. Un gran árbol solitario. El hueco dejado por el árbol al caer reveló una cabeza antigua: El busto de Apolo, desprendido y rodando. Seguí caminando tras pasar la hilera de leones y la de falos, hasta llegar a un lugar secreto: la cuna de Apolo, según la tradición. Levanté mi polaroid y pulsé el botón. Cuando salió la foto, me asombre al ver que no había registrado nada. Cambié mi posición y lo volví a intentar. Nada. Negativos negros del mundo. Como si mi mirada no funcionase. Seguí sacando una foto tras otra, disparando sin parar. Los mismos cuadrados vacíos, agujeros negros. El sol se hundió en el mar. Como si abandonase al mar. Sentí que me hundía en la oscuridad. Cuando la filmoteca sugirió el proyecto, acepté de inmediato. Era una salida. Me habría rendido pronto, pero descubrí algo. Tres bobinas de película. No mencionadas por ningún historiador. No sé qué me pasó entonces. Me sentí extrañamente inquieto. Traté de ignorar la sensación, de liberarme, pero no pude. Tres bobinas. Quizá una película entera sin revelar. Quizá la primera película. La primera mirada. Una mirada perdida. Una inocencia perdida. Se convirtió en una obsesión, como si fuera mi propia obra. Mi propia primera mirada. Perdida hace mucho tiempo
Pienso mucho en el fragmento de Heráclito en el que recuerda esa viñeta legendaria de Homero y los muchachos con piojos, y en el acertijo que estos últimos le regalan al poeta: “Todo lo que hemos visto y atrapado te lo dejamos; todo lo que no hemos podido ver ni atrapar nos lo llevamos”. ¿Será que es imposible capturar con la cámara lo que A. quiere expresar en sus películas? ¿Será cuestión de dar con la mirada adecuada? ¿O habrá cosas que para ser vistas requieren que prescindamos del sentido de la vista? La sombra de estas inquietudes se cierne sobre la vocación del artista.
En una tonada heraclítea, podría decirse que el pólemos es la tensión estructurante de La mirada de Ulises, tanto a nivel micro como macronarrativo. La persona de A. está tensionada, pues ¿qué lugar le corresponde al artista en la catástrofe? ¿Pueden, acaso, las imágenes salvarnos? En su tribular, en su búsqueda de esa mirada perdida, va adentrándose en los Balcanes, arribando eventualmente a Constanza (Rumanía), su tierra natal, y el paisaje devastado es asaltado por la irrupción de recuerdos, temores y anhelos, todos provenientes de A. y su deseo de recuperar un estado de inocencia, tanto a nivel artístico como personal. La guerra yugoslava hace las veces de fondo éxtimo, es la tierra (re)vuelta sobre sí misma: lo que había sido durante décadas ejemplo de convivencia multiétnica, tras la muerte de Tito y el colapso de la URSS, se convierte en un territorio fragmentado y armado contra sí mismo. Es esa fragmentación de la identidad en fuerzas consideradas irreconciliables, enemistadas por naturaleza, la que conduce al desastre.
La ubicuidad de lo polémico característica del filme queda preconizada con una de las primeras secuencias, aquella en la que los fieles y los dolientes se encuentran en una confrontación. Los habitantes más devotos de Florina se oponían profundamente al motivo principal (al pretexto) de la visita de A., la proyección de una controvertida película sobre exilio, refugiados y fronteras que él había dirigido unos años atrás, y que se desarrolla precisamente en esa región balcánica tan tensionada. Por ello, los fieles, en señal de protesta ante la llegada del impío cineasta, salen a las calles, en procesión, portando velas, en un gesto que recuerda a una misa de vigilia pascual. Otros muchos, vestidos de negro y portando paraguas también negros, atuendo que recuerda al que es propio de los funerales, y a la indumentaria que el propio A. habría llevado la última vez que estuvo en Florina, mucho tiempo atrás, cuando se despidió de la mujer que amaba, se confrontan a los fieles en una gran avenida. Es significativo que A. quede atrapado en la trifulca, entre los dolientes y la modesta fila de antidisturbios que separa a los adversarios, mientras el trasunto del ser querido logra zafarse. El cineasta queda suspendido en el conflicto entre los ritos, entre la fe y el lamento, entre la iconoclasia y una iconodulía abatida por la creciente suspicacia hacia la facultad de mirar. A. quiere amar, pero algo le detiene. "Something is stopping me".
Siento que A. es un personaje profundamente trágico, movido por una necesidad impuesta a su personaje, que se ha visto arrojado a una trama de la que no puede escapar. Me gusta especialmente un momento en el que, durante su descenso por el Danubio a lomos de las ruinas de lo que fue una colosal estatua de Lenin, A. relee un fragmento de las memorias de los hermanos Manaki en el que estos manifiestan su fascinación por la capacidad de la imagen-movimiento de hacer que las personas aparezcan como títeres, simples momentos de un acontecer autocontenido, regidos por un tipo de causalidad propio del celuloide... Este es un momento muy unamuniano, en mi opinión: también A. parece ser llevado por el viaje, ser viajado más que viajante. No puedo dejar de acordarme del artista del hambre, el de Kafka, quien era tal cosa no por elección, o por lo menos no por una elección en un sentido fuerte, sino porque no le gustaba ninguna comida, y al final de su vida, de toda una vida como ayunador, solo es capaz de disculparse por las molestias causadas, por no haber logrado que alguna comida le gustara. A. tiene que irse, tiene que volver, tiene que olvidar o recordar, tiene que hacer lo que dicte el viaje, que todavía no ha terminado…
¿Cómo vivir, entonces? “¿Qué hago?” parece una pregunta sumamente simplona, pero conflictúa a A. profundamente. Cuando se dispone a cruzar la frontera búlgara, A. mismo encarna en su psique al mayor de los hermanos Manaki, Ianachia, quien trató de cruzarla también en 1916, cuando Bulgaria se hallaba en pleno proceso de ocupación de la Macedonia griega. Allí fue detenido, precisamente por su labor cineasta, considerada como espionaje, y por haber colaborado con militantes y activistas “anarquistas” griegos e, incluso, haber ocultado armas y explosivos, por lo que fue considerado un traidor. Ianachia fue entonces condenado a muerte y llevado ante un pelotón de fusilamiento. A. es conducido hacia su ejecución, y entonces exclama, desesperado, “no lo entiendo, no lo entiendo”. Lo que le ocurrió a Ianachia fue que terminaron por conmutarle la pena y fue enviado al exilio en Plovdiv, ciudad tomada por Bulgaria anteriormente conocida como Filipópolis. Allí se dirige también A., cuando su pasaporte recibe el visto bueno de seguridad fronteriza. “¿Qué hizo Ianachia?”. Durante los años de exilio, el mayor de los Manaki realizó retratos fotográficos por encargo. Aparte de eso, se dedicó a cultivar la tierra y, sobre todo, a criar caballos; de esta parte de su vida, no hay imágenes.
¿Qué hacer? Este interrogante llega a su punto álgido con el encuentro entre A. e Ivo Levy, el último guardián de la filmoteca de Sarajevo, la ciudad más devastada por la guerra yugoslava. Es en esa ciudad sitiada donde se encuentran los rollos perdidos de los hermanos Manaki. A. da el encuentro a Levy en un mercado subterráneo, donde los sarajevitas se abastecen con todo lo que pueden, hasta que suena una alarma. Levy está viviendo en la filmoteca, y en su camino allá, le cuenta a A. que estuvo muchos años tratando de revelar esas películas, pero finalmente desistió. Cuando llegan, A. se encuentra con una filmoteca en ruinas, siendo el archivo subterráneo lo único que se mantiene relativamente intacto. La cámara recorre numerosos posters y rollos de hitos cinematográficos: El nacimiento de una nación; El doctor Mabuse; Campanas a medianoche; Persona; Metrópolis... “Aquí está mi tesoro”, dice Levy mientras se adentran en esa especie de cripta de miradas olvidadas. Pero para A. atesorar no es suficiente, se trata también de recuperar, reanimar, recordar, y condena la actitud del guardián:
No tiene derecho. Al principio, hubo veces en las que pensé que lo había soñado todo. Luego se convirtió en algo perdido. Y ahora es una mirada que lucha por salir de la oscuridad. Una especie de nacimiento. No tiene derecho a tener encerrada esa bobina. Es la guerra, la locura, la muerte. Con más razón aún. No tiene ningún derecho.
La fe, el entusiasmo y, sobre todo, la amistad de A., quien, como él mismo, desea ser, a pesar de todo, fiel amigo de las imágenes, insuflan ánimos renovados a Levy. Y es a través de Rilke que se expresa finalmente la nota resultante al resolver la tensión:
Ich lebe mein Leben in wachsenden Ringen,
die sich über die Dinge ziehn.
Ich werde den letzten vielleicht nicht vollbringen,
aber versuchen will ich ihn.
Yo vivo mi vida en anillos crecientes
que sobre todas las cosas se extienden.
Quizás el último no alcanzaré,
pero sí lo intentaré.
El segundo poema de Das Buch vom mönchischen Leben, lo escribe un Rilke entusiasmado tras su viaje a Yasnaya Polyana, impresionado por una forma de vida profundamente espiritual. No es casual que sea precisamente la voz de este poema la que irrumpa en este punto exacto de la película: ni A. ni Levy se apoyan en certeza alguna de que valga la pena revelar tres bobinas que quizá no contengan nada. Lo único que les impulsa es la voluntad descalza de intentarlo.
Y eso es lo que finalmente hacen A. y Levy: intentarlo. Y lo consiguen: revelan las películas. Pero el viaje todavía no termina, y tiene sus propios designios. La escena del paseo por el río es trágica y desoladora. ¿Cómo no bajar también, cuando todo baja, indiferente?
Supongo que, en este momento, rescato el encuentro de A. con Nikos, un viejo, viejo amigo. A. desembarca en Belgrado, y Nikos lo recibe parafraseando unos versos de Seferis: “Lo primero que Dios creó fue el viaje,/ luego vino la duda,/ y la nostalgia”. Me gustan mucho las escenas con Nikos porque A. se ve feliz. Ambos fueron estudiantes en París, probablemente de algo relacionado con las audiovisuales, pues Nikos es periodista de guerra y se dedica a rodar el conflicto desde Belgrado. “¿No es peligroso?”, pregunta en un momento dado Nikos, pero ambos terminan por quitarle importancia al asunto mientras beben animosamente. “Tengo que ir a Sarajevo”; “¿estás loco?” dice Nikos, pero finalmente le consigue a A. una barcaza para que descienda el río que conduce al Hades. ¿Qué hacen, estos dos?
Cuando termina la película, rescato nuevamente el fragmento del Alcibíades en el que se encuentra la cita que abre el filme, fragmento que, como muchos otros de Platón y Aristóteles, terminé por aborrecer durante la carrera, pero ahora recuerdo con ternura.
Sóc. – Reflexionemos juntos. Imagínate que el precepto dirige su consejo a nuestros ojos como si fuesen hombres y les dijera: “mírate a ti mismo”. ¿Cómo entenderíamos el consejo? ¿No pensaríamos que aconsejaba mirar a algo en lo que los ojos iban a verse a sí mismos?
Alc. – Es evidente.
Sóc. – Consideremos entonces cuál es el objeto que al mirarlo nos veríamos al mismo tiempo a nosotros mismos.
Alc. – Es evidente, Sócrates, que se trata de un espejo y cosas parecidas.
Sóc. – Tienes razón. ¿Y no hay también algo parecido en los ojos con los que vemos?
Alc. – Desde luego.
Sóc. – ¿Te has dado cuenta de que el rostro del que mira a un ojo se refleja en la mirada del que está enfrente, como en un espejo, en lo que llamamos pupila, como una imagen del que mira?
Alc. – Tienes razón.
Sóc. – Luego el ojo al contemplar a otro ojo y fijarse en la parte del ojo que es la mejor, tal como la ve, así se ve a sí mismo.
Alc. – Así parece.
Sóc. – En cambio, si mira a otra parte del ser humano o de algún objeto, salvo a aquello con lo que resulta semejante, no se verá a sí mismo.
Alc. – Tienes razón.
Sóc. – Por consiguiente, si un ojo tiene la idea de verse a sí mismo, tiene que mirar a un ojo, y concretamente a la parte del ojo en la que se encuentra la facultad propia del ojo: esta facultad es la visión.
Alc. — Así es.
Sóc. – Entonces, mi querido Alcibíades, si el alma está dispuesta a conocerse a sí misma, tiene que mirar a un alma, y sobre todo a la parte del alma en la que reside su propia facultad, la sabiduría, o a cualquier otro objeto que se le parezca.
Al final de la película, A. ha sido profundamente herido, ha visto el dolor, la crueldad, la muerte; navega a través de la catástrofe. Pero tiene a Nikos, al cine, a la poesía, espejos capaces de recordarle el valor de la vida y de reafirmarla. Será con la ropa de otro hombre, con el nombre de otro hombre, con la mirada de otro hombre, pero, como anuncia en el monólogo que cierra el filme, A. volverá.
“¿Qué hacemos?” es una pregunta muy recurrente entre mis amigos, y se presenta con diversos trajes. Tras la carrera, cada uno va a intentar… ¿Qué exactamente? Defender la vida, suponemos, ya desde lugares diferentes. “Intentarlo”. Esperemos que tuviera razón mi abuelita y que agua blanda en piedra dura, tanto dé que haga cavadura. De momento, persistimos, nos reunimos y, como hacen A. y Nikos, brindamos, por nosotros, por nunca dejar de ser amigos, y por el mundo, que no ha cambiado, a pesar de nuestros sueños.
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